domingo, 18 de mayo de 2014

La Hoja De Aire (transcripcion partes destacadas)

Hoja de aire
“Una hoja de aire, un sueño grande del que nacen otros sueños menores y de estos otros cada vez mas modestos, hasta llegar al último, el pequeñito, el que se lleva el viento, como una hoja de aire…
El hotel parecía un castillo, con ventanas entre las tejas y dos torres puntiagudas con unos gallos colorados que daban vueltas con el viento. Aburrido sí era porque allí no tenía amigos, pero la víspera de nuestro regreso hicieron una velada para los huéspedes, nos sirvieron helados y la dueña recitó un merengue de Amado Nervo con música de Schubert de fondo y después anunciaron que su hijita iba a bailar… Corrieron las mesas y cuando apareció vestida de azul yo creí que era el Hada Azul de pinocho, aunque, como era muy chica pensé que sería la hijita del Hada.
Yo fui romántico desde muy güila, ya te habrás dado cuenta. Tenía un vestido de gasa muy corto, zapatos de charol y la cabeza llena de colochos, y cuando comenzó a bailar entonces sí creí de veras que estaba en un Castillo. Si cuando daba vueltas parecía una nube de algodón de azúcar, de ese que se va formando en la maquinita, sólo que la nube no era rosada sino azul.
…Salimos de la mano por el camino de tierra y ella corría más ligero y cuando trepé la loma ya estaba dentro de un potrero buscando algo.
“Esta es una hoja de aire –me dijo al dármela-. Vos la colgás de un hilo donde le dé el viento y verás cómo le nacen hijitos”.
… cuando llegamos al tren… entonces vi como el Castillo con sus gallos colorados comenzaba a moverse, cada vez más rápido, y como las nubes le pasaban por delante, hasta que por fin una casa de alto lo tapó y… ya no lo vi más.
… pensé que la vida es una porquería… ¡ya lo sé, en el quinientos diez y en el dos mil también! Y lo peor, tal vez lo peor, que a raíz de todo eso comencé a pensar más y más en Teresa…
… la volví a encontrar varios años después, en Limón… apareció de la mano del papá, con medias largas y vestida de blanco. Después supe en casa que el hotel se les había incendiado, y al otro día me la topé en el muelle. Yo le propuse que nos fuéramos a bañar, ella no sabía nadar, y mirá, mi viejo, ¿me ves las manos?, pues no me cuesta nada: cierro los ojos y la siento en cada yema, y no te miento, en cada yema, cuando la sostenía por debajo para que flotara y venía la ola y se me colgaba asustada del pescuezo.
¡Por la!, si era como un sueño, o como una burbuja más bien. Como una burbuja que se reventó el maldito día de las lagartijas.
Fue una tarde que estaba en la ventana y me llamó. Los papás habían salido y me llevó de la mano al patio. Era grande, con dos mangos y una higuera… -me dijo teresa- hay muchas lagartijas”.
Les tenía miedo. Creía que cuando crecen se vuelven dragones. Cuando le dije que sabía cogerlas vivas me dio un beso en la cara y entonces ¡me hubieras visto tirándome de cabeza por entre las raíces!
“Tendremos que matarlas – me dijo muy seria-. ”
...Encendimos la hoguera… comenzamos a mirar con fascinación como las llamas lamían la bolsa, hasta que de pronto a la goma se le hinchó una pelota por un lado, el rojo oscuro se volvió rosado, casi transparente, y aparecieron las siluetas de las lagartijas al trasluz agitándose frenéticas. Por fin se reventó la pelota y en el hueco se asomó una aterrorizada, con la lengüecilla de fuera, que se cayó en la hoguera achicharrándose, y las otras también, hechas un amasijo, y sólo se libró la última que dio un salto olímpico y desapareció entre las raíces.
Cuando Teresa gritó yo creí que se había vuelto loca. Después le dio por llorar y por darme golpes en la cabeza y en los hombros con sus puñitos adorados, mientras seguía gritando que la bolsa era de su mamá y que qué iba a hacer ahora. Al fin logré sujetarla y le comencé a hacer cariño y le juré que me iba a robar la bolsa de casa y que nadie se iba a dar cuenta y siempre haciéndole cariños nos metimos debajo de la hoguera y cuando ella ya se estaba quitando el calzoncito llegó la mamá. Yo logré escaparme por un pelo, pero a Teresa le dieron una paliza bárbara y le prohibieron que se metiera más conmigo.
Desde ese día comencé a soñarme con ella. La veía bailando vestida de azul y al pasar delante se sacaba del escote una lagartija y me la tiraba en la cara.
Otras veces iba corriendo perseguida por unos cuchillos con patas y yo quería ayudarla, pero los indios me habían amarrado a los rieles y venía el tren. Todavía tuve un sueño peor: de pronto se abría una puerta y aparecía una figura extraña con la cara metida en una máscara, me sacaba la lengua, la lengua se volvía una llama y la llama comenzaba a perseguirme.
…Ya éramos grandes y una tarde la vi en unas Fiestas cívicas. ¡Que te digo, desde el primer momento fue como si nos hubieran imantado!... Como sin querer le toqué los pechos. ¡Qué maravilla, si me llegué a marear! Después nos besamos al tanteo en la Casa de los Sustos,… y comenzó así un amor colosal…
¿Dónde estas infancia mía? Allá voy a tu encuentro…
“Yo solo tengo un problema – le dije entonces gravemente-. Tengo una vieja herida y la vida se me está yendo por la herida”…
… Y bueno, comenzá… aunque si querés tomate tu tiempo. Yo sé que no es fácil. Se encuentran dos viejos amigos de la infancia y uno le cuenta al otro su vida, desnudita, sin esconder las vergüenzas ni los remordimientos y el otro tiene algo que decir. A ver, Quincho, quiero ver qué me vas a decir. ¿No se te ocurre nada?
Yo miré a Alfonso. Por encima de todo había algo en su historia que no podía comprender. Teresa Gómez –a quien recordaba de sobra porque ese romance lo habíamos vivido todos nosotros muy de cerca y hasta podría decirse que con envidia- había muerto hacía unos diez o doce años. Era imposible que Alfonso lo ignorara, que nadie le hubiera escrito a México contándoselo. Decidí preguntárselo, brutalmente:
“Bueno, Alfonso, perdoná, pero Teresa murió. ¿Vos no lo sabías?”
Los segundos que siguieron fueron larguísimos, eternos. Y sólo cuando se me cayó la ceniza en la solapa me atreví al fin a mirarlo. Alfonso estaba parpadeando y sonreía.
Uno es un enredo por dentro, Quincho –me dijo-. Yo te conté mi vida ahorrándote muchas cosas, muchas pellejerías. Por eso mismo no me tratés de convencer. Yo sé que Teresa está en Cartago. Está asomada en la ventana entre las tejas bajo los gallos colorados que siguen dando vueltas con el viento. Y el Castillo va huyendo, pero no es el Castillo el que se mueve ¿entendés?, es el tren. Pues es lo mismo. Es mi vida la que ha andado rodando, pero ella no, ella está allí, y lo único que ahora me pasa es que no tengo plata para el camioncillo y cuando vos llegaste estaba pensando precisamente en eso, en ir a empeñar esto, algo me tienen que dar si es casimir inglés, para irme a Cartago a verla. Lo que me hacía dudar es que así me veo elegante. ¿No se nota que me queda un poco chico, no es cierto? Y como hacía mucho que no andaba tan elegante había pensado que sería lindo poder llegar así donde ella. Pero no, no, no; no pensés que se trata de un sablazo; yo siempre te creí más inteligente que eso, capaz de entenderme mejor. Y es que en el fondo eso es lo único que quiero: que me entiendan, que me entiendan un poquito siquiera, Vos que sos tan materialista podrías explicármelo todo. Y no me vengás con que eso de la hoja de aire es sólo un símbolo y que los símbolos no corresponden a una realidad concreta. ¡Si yo se que existen! ¿Verdad, Quincho, que sí? Vos te colgás de un hilito y de cada lóbulo te nacen nuevas matitas y es verdad que cada vez son más chicas, pero vos sabés que existe el infinito grande y el infinito pequeño, como lo de la tortuga y Aquiles, ¿Te Acordás? En el Liceo. Lo único que hay que hacer es cuidar la hoja, sobre todo la última, la más chica, porque esa es la que se lleva el viento. Ves, eso sí. Pero caray, se nos pasó la tarde conversando y yo no quisiera llegar de noche a Cartago. Me gustaría llegar bien temprano, subir al amanecer la loma por el camino de tierra, meterme por la cerca en el mismo potrero en donde Teresa me regaló la hoja y buscar una rama baja de un roble de sabana y que esté todo florecido para colgarla… Y esa es la otra cosa que tengo que comprar una vez que empeñe la ropa: un cordel, un mecate grueso.
Sólo que me gustaría que fuera azul, y yo no sé si venden cordeles azules.


***La Hoja De Aire***
***Joaquín Gutiérrez***

***Fragmentos tomados del libro con fines educativos, y de apreciación literaria.***  

No hay comentarios:

Publicar un comentario