Hoja de aire
“Una hoja de
aire, un sueño grande del que nacen otros sueños menores y de estos
otros cada vez mas modestos, hasta llegar al último, el pequeñito,
el que se lleva el viento, como una hoja de aire…
El hotel parecía
un castillo, con ventanas entre las tejas y dos torres puntiagudas
con unos gallos colorados que daban vueltas con el viento. Aburrido
sí era porque allí no tenía amigos, pero la víspera de nuestro
regreso hicieron una velada para los huéspedes, nos sirvieron
helados y la dueña recitó un merengue de Amado Nervo con música de
Schubert de fondo y después anunciaron que su hijita iba a bailar…
Corrieron las mesas y cuando apareció vestida de azul yo creí que
era el Hada Azul de pinocho, aunque, como era muy chica pensé que
sería la hijita del Hada.
Yo fui romántico
desde muy güila, ya te habrás dado cuenta. Tenía un vestido de
gasa muy corto, zapatos de charol y la cabeza llena de colochos, y
cuando comenzó a bailar entonces sí creí de veras que estaba en un
Castillo. Si cuando daba vueltas parecía una nube de algodón de
azúcar, de ese que se va formando en la maquinita, sólo que la nube
no era rosada sino azul.
…Salimos de la
mano por el camino de tierra y ella corría más ligero y cuando
trepé la loma ya estaba dentro de un potrero buscando algo.
“Esta es una
hoja de aire –me dijo al dármela-. Vos la colgás de un hilo donde
le dé el viento y verás cómo le nacen hijitos”.
… cuando
llegamos al tren… entonces vi como el Castillo con sus gallos
colorados comenzaba a moverse, cada vez más rápido, y como las
nubes le pasaban por delante, hasta que por fin una casa de alto lo
tapó y… ya no lo vi más.
… pensé que la
vida es una porquería… ¡ya lo sé, en el quinientos diez y en el
dos mil también! Y lo peor, tal vez lo peor, que a raíz de todo eso
comencé a pensar más y más en Teresa…
… la volví a
encontrar varios años después, en Limón… apareció de la mano
del papá, con medias largas y vestida de blanco. Después supe en
casa que el hotel se les había incendiado, y al otro día me la topé
en el muelle. Yo le propuse que nos fuéramos a bañar, ella no sabía
nadar, y mirá, mi viejo, ¿me ves las manos?, pues no me cuesta
nada: cierro los ojos y la siento en cada yema, y no te miento, en
cada yema, cuando la sostenía por debajo para que flotara y venía
la ola y se me colgaba asustada del pescuezo.
¡Por la!, si era
como un sueño, o como una burbuja más bien. Como una burbuja que se
reventó el maldito día de las lagartijas.
Fue una tarde que
estaba en la ventana y me llamó. Los papás habían salido y me
llevó de la mano al patio. Era grande, con dos mangos y una higuera…
-me dijo teresa- hay muchas lagartijas”.
Les tenía miedo.
Creía que cuando crecen se vuelven dragones. Cuando le dije que
sabía cogerlas vivas me dio un beso en la cara y entonces ¡me
hubieras visto tirándome de cabeza por entre las raíces!
“Tendremos que
matarlas – me dijo muy seria-. ”
...Encendimos la
hoguera… comenzamos a mirar con fascinación como las llamas lamían
la bolsa, hasta que de pronto a la goma se le hinchó una pelota por
un lado, el rojo oscuro se volvió rosado, casi transparente, y
aparecieron las siluetas de las lagartijas al trasluz agitándose
frenéticas. Por fin se reventó la pelota y en el hueco se asomó
una aterrorizada, con la lengüecilla de fuera, que se cayó en la
hoguera achicharrándose, y las otras también, hechas un amasijo, y
sólo se libró la última que dio un salto olímpico y desapareció
entre las raíces.
Cuando Teresa
gritó yo creí que se había vuelto loca. Después le dio por llorar
y por darme golpes en la cabeza y en los hombros con sus puñitos
adorados, mientras seguía gritando que la bolsa era de su mamá y
que qué iba a hacer ahora. Al fin logré sujetarla y le comencé a
hacer cariño y le juré que me iba a robar la bolsa de casa y que
nadie se iba a dar cuenta y siempre haciéndole cariños nos metimos
debajo de la hoguera y cuando ella ya se estaba quitando el
calzoncito llegó la mamá. Yo logré escaparme por un pelo, pero a
Teresa le dieron una paliza bárbara y le prohibieron que se metiera
más conmigo.
Desde ese día
comencé a soñarme con ella. La veía bailando vestida de azul y al
pasar delante se sacaba del escote una lagartija y me la tiraba en la
cara.
Otras veces iba
corriendo perseguida por unos cuchillos con patas y yo quería
ayudarla, pero los indios me habían amarrado a los rieles y venía
el tren. Todavía tuve un sueño peor: de pronto se abría una puerta
y aparecía una figura extraña con la cara metida en una máscara,
me sacaba la lengua, la lengua se volvía una llama y la llama
comenzaba a perseguirme.
…Ya éramos
grandes y una tarde la vi en unas Fiestas cívicas. ¡Que te digo,
desde el primer momento fue como si nos hubieran imantado!... Como
sin querer le toqué los pechos. ¡Qué maravilla, si me llegué a
marear! Después nos besamos al tanteo en la Casa de los Sustos,… y
comenzó así un amor colosal…
¿Dónde estas
infancia mía? Allá voy a tu encuentro…
“Yo solo tengo
un problema – le dije entonces gravemente-. Tengo una vieja herida
y la vida se me está yendo por la herida”…
… Y bueno,
comenzá… aunque si querés tomate tu tiempo. Yo sé que no es
fácil. Se encuentran dos viejos amigos de la infancia y uno le
cuenta al otro su vida, desnudita, sin esconder las vergüenzas ni
los remordimientos y el otro tiene algo que decir. A ver, Quincho,
quiero ver qué me vas a decir. ¿No se te ocurre nada?
Yo miré a
Alfonso. Por encima de todo había algo en su historia que no podía
comprender. Teresa Gómez –a quien recordaba de sobra porque ese
romance lo habíamos vivido todos nosotros muy de cerca y hasta
podría decirse que con envidia- había muerto hacía unos diez o
doce años. Era imposible que Alfonso lo ignorara, que nadie le
hubiera escrito a México contándoselo. Decidí preguntárselo,
brutalmente:
“Bueno,
Alfonso, perdoná, pero Teresa murió. ¿Vos no lo sabías?”
Los segundos que
siguieron fueron larguísimos, eternos. Y sólo cuando se me cayó la
ceniza en la solapa me atreví al fin a mirarlo. Alfonso estaba
parpadeando y sonreía.
Uno es un enredo
por dentro, Quincho –me dijo-. Yo te conté mi vida ahorrándote
muchas cosas, muchas pellejerías. Por eso mismo no me tratés de
convencer. Yo sé que Teresa está en Cartago. Está asomada en la
ventana entre las tejas bajo los gallos colorados que siguen dando
vueltas con el viento. Y el Castillo va huyendo, pero no es el
Castillo el que se mueve ¿entendés?, es el tren. Pues es lo mismo.
Es mi vida la que ha andado rodando, pero ella no, ella está allí,
y lo único que ahora me pasa es que no tengo plata para el
camioncillo y cuando vos llegaste estaba pensando precisamente en
eso, en ir a empeñar esto, algo me tienen que dar si es casimir
inglés, para irme a Cartago a verla. Lo que me hacía dudar es que
así me veo elegante. ¿No se nota que me queda un poco chico, no es
cierto? Y como hacía mucho que no andaba tan elegante había pensado
que sería lindo poder llegar así donde ella. Pero no, no, no; no
pensés que se trata de un sablazo; yo siempre te creí más
inteligente que eso, capaz de entenderme mejor. Y es que en el fondo
eso es lo único que quiero: que me entiendan, que me entiendan un
poquito siquiera, Vos que sos tan materialista podrías explicármelo
todo. Y no me vengás con que eso de la hoja de aire es sólo un
símbolo y que los símbolos no corresponden a una realidad concreta.
¡Si yo se que existen! ¿Verdad, Quincho, que sí? Vos te colgás de
un hilito y de cada lóbulo te nacen nuevas matitas y es verdad que
cada vez son más chicas, pero vos sabés que existe el infinito
grande y el infinito pequeño, como lo de la tortuga y Aquiles, ¿Te
Acordás? En el Liceo. Lo único que hay que hacer es cuidar la hoja,
sobre todo la última, la más chica, porque esa es la que se lleva
el viento. Ves, eso sí. Pero caray, se nos pasó la tarde
conversando y yo no quisiera llegar de noche a Cartago. Me gustaría
llegar bien temprano, subir al amanecer la loma por el camino de
tierra, meterme por la cerca en el mismo potrero en donde Teresa me
regaló la hoja y buscar una rama baja de un roble de sabana y que
esté todo florecido para colgarla… Y esa es la otra cosa que tengo
que comprar una vez que empeñe la ropa: un cordel, un mecate grueso.
Sólo que me
gustaría que fuera azul, y yo no sé si venden cordeles azules.
***La Hoja De
Aire***
***Joaquín
Gutiérrez***
***Fragmentos
tomados del libro con fines educativos, y de apreciación
literaria.***